Foto: Simone.
Texto: Jean-Paul.
Música: Jorge Drexler.
No soy muy versado en ramblas. Conozco sólo las que miran al Río de la Plata, pero me alcanza y me sobra para saber que me cautivan. Quizás sea la resistencia estoica de las grandes piedras frente a la incesante violencia de las olas, o tal vez esa inagotable reserva de atardeceres.
Siempre pensé que, si alguna vez vivo lejos de la costa, la voy a extrañar. Estar en la rambla de Montevideo siempre me hizo sentir en casa. Suena cursi, lugar común, todo lo que quieran, pero es así. Mirar al sur y sentir frío en la cara y en las manos, pensar en todas las cosas de las que el río fue testigo, respirar el viento, estrenándolo, porque parece aire nuevo, que nadie hubiera respirado jamás; si uno no extraña eso de esta ciudad, es que realmente no la conoció bien.
Hay una hora particularmente entrañable, que parece escapada del país de los sueños. Cuando el sol se fue, pero dejó un poquito de luz olvidada. Son minutos, en invierno poco más que segundos. El cielo queda de un azul luminoso, la noche parece empezar por el mar, luego pasa a la arena y trepa hasta la rambla. De a poco todo se hunde en la oscuridad, y la luna y las estrellas empiezan a reclamar su momento. Pero en esos instantes después del anaranjado atardecer, un paño azulado cubre el mundo y saluda la llegada de la noche.
Y no hay lugar como la rambla de Montevideo para verlo.